Por qué se escribió el texto fundamentos de medicina?

Por qué se escribió el texto fundamentos de medicina?

in Novedades

A continuación les compartimos un poco de historia de la colección “Fundamentos de Medicina”, obra clave en la formación de médicos en Colombia y el mundo. La doctora Ángela Restrepo M., cofundadora de la Corporación para Investigaciones Biológicas, le pide en 2011 al doctor Hernán Vélez A. un relato de este, un significativo capítulo en la historia del Fondo Editorial CIB.

Medellín mayo 2011
Por qué se escribió el texto “FUNDAMENTOS DE MEDICINA”

Ángela Restrepo M, me pediste que escribiera algo relacionado con lo que figura en el título, ahí te lo envío.
El texto médico “Fundamentos de Medicina” es paradigma entre las publicaciones médicas de Colombia, no hay duda de ello.
Hasta el momento se han publicado más de 1 millón de tomos desde su primera edición en el año de 1969; ha hecho presencia en Colombia y se han vendido en 17 países de América Latina, no es entonces atrevido aseverar que este libro ha tenido impacto en la enseñanza de la medicina no solo en Colombia sino en América Latina. Escrito por profesores universitarios Colombianos radicados en Antioquia, Colombia y en ese entonces pertenecientes a la Universidad de Antioquia.
La primera edición fue presentada en el año de 1969 durante el Congreso de Medicina Interna y en el año de 1982 se le hizo un reconocimiento durante el VII Congreso Nacional de Medicina Interna por parte de la Asociación Colombiana de Medicina Interna; Hernán Vélez A. en representación de los editores Jaime Borrero R. y Jorge Restrepo M., fue ponente de la Conferencia Lombana Barreneche símbolo de esa asociación; la Gobernación de Antioquia condecoró con la Estrella de Antioquia a los editores.
El prólogo de la primera edición justificaba la idea de escribir el texto de Fundamentos de Medicina por una simple razón: “los frecuentes comentarios de médicos y estudiantes sobre la falta de textos apropiados para el estudio de enfermedades comunes entre nosotros, ya que si bien es cierto que la medicina es una en todas partes, también lo es que existen variaciones geográficas de importancia y la incidencia de las enfermedades cambian de lugar a lugar y es natural que los médicos que ejercen en Colombia tengan un conocimiento mayor y más profundo de esas patologías; fuera de estas ventajas esta la muy importante de ser un libro en idioma nativo, el español y escrito por personal idóneo. Los editores tuvieron el convencimiento de que el profesional colombiano tiene la experiencia y el suficiente conocimiento para plasmar por escrito sus conocimientos”. Hasta aquí parte del prólogo.
¿Qué incentivó a Hernán Vélez A, Jaime Borrero R y Jorge Restrepo M., a emprender semejante aventura académica? y mas, tratar de convencer a médicos colombianos para que escribieran un texto que iría a competir con colosos de la literatura médica como Cecil y Harrison, sabiendo que la mayoría de esos médicos sólo habían escrito las fórmulas de sus pacientes?
Estos tres ilusos (iluso el que tiene un esperanza infundada) al comienzo, y otro iluso mas tardío William Rojas M, soñaban y tenían esperanza en que se podía hacer lo que habían meditado y lo más importante, tenían ganas de hacerlo, ¡oh bendita gana creadora de cosas! (ganas palabra gótica que significa deseo o apetito de hacer cierta cosa).
En la Conferencia Lombana Barreneche de 1982, antes mencionada, se describe el medio médico académico por el que pasaba la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia, era un medio efervescente; William Rojas M, su jefe y creador estaba forjando una departamento de Medicina Interna según pautas Flexerianas y lo hizo y muy bien; fue un paladín de la educación médica en Colombia y un verdadero maestro; incentivaba a aprehender el conocimiento y por eso no había idea que no acogiera ni programa médico fundamentado que no patrocinara, todas las ideas de progreso tenían cabida en su mente; la idea de escribir un texto de medicina fue uno de ellas. En esa época de oro de la Medicina en la Universidad de Antioquia, el departamento de Medicina Interna era un hervidero de ideas, de proyectos de ilusiones en donde día a día había un sobresalto académico, cuando se recuerdan esos tiempos sentimos las ganas de seguir en la brega y seguir adelante, oh benditas ganas creadoras de cosas; sueños, ilusiones, ganas, componentes necesarios para hacer cosas; recordemos ese tiempo que fue propicio para muchas ideas, una de ellas la de escribir un texto de medicina.
Estaba el departamento de Medicina Interna localizado en uno de los pabellones del viejo hospital de San Vicente de Paul, pabellones que fueron construidos en puro estilo francés de bello frontispicio pero de una incomodidad interna indescriptible. Fue necesario remodelar los sótanos de esos pabellones para adaptarlos como laboratorios de investigación y en esos sótanos se produjeron trabajos científicos que siguen siendo ejemplo para las nuevas juventudes médicas.
La sección de hematología con Alberto Restrepo M., corría electroforesis, dosificaba fosfatodeshidogenasas, buscaba la razón y causa de la megaloblastosis en la anemia del desnutrido; busca científicamente el origen vasco de los antioqueños a través de sus estudios sobre grupos sanguíneos. Trataba de encontrar cosas nuevas hasta que se topa con una hemoglobina: la Hemoglobina Medellín denominada así por el lugar donde se halló, en alguna parte de esa señora, la falta de un aminoácido la hace incompetente, la hace insoportable para el paciente.
Fernando Londoño P. y Jorge Restrepo M, en la sección de Neumología con equipos obsoletos ordenaban a sus pacientes en estudio que respiraran duro, más duro; dosificaban por primera vez gases arteriales y ampliaban el concepto de neumología que en ese entonces se concentraba solo en la tuberculosis; Tisiólogos se llamaban los especialistas en enfermedades pulmonares de aquella época, realmente tenían un nombre muy romántico; ese nombre olía a ciprés-vela del antiguo Hospital de La María.
Jaime Borrero y Álvaro Toro M., iniciaban la sección de Nefrología con diálisis peritoneales y hablaban de depuración de creatinina para luego desembocar en la construcción de aparatos de diálisis ideados por colombianos como el Gracec, llamado así por los nombres de las dos primeras pacientes que lo usaron Graciela y Cecilia y que lograron prolongar sus vidas con esos equipos y por último, los trasplantes renales con todo el corolario inmunológico al frente del cual estaba Marcos Restrepo I., que cuando presentaba sus trabajos y mencionaba el HLB27 no se sabía si se hablaba de un nuevo tipo de avión o era el nombre de un nuevo examen de laboratorio.
La sección de Nutrición con Hernán Vélez A., Oscar Lema, Luis Enrique Echeverri, Darío Franco, con la ayuda de Joseph Vitale de la Universidad de Harvard estableció una sala metabólica para estudios sobre ácido fólico, desnutrición proteico-calórica, malabsorción intestinal y estudios de campo sobre crecimiento y desarrollo; ésta sección se irradió a otras áreas de la Universidad como la Facultad de Odontología con los estudios sobre la fluorización de la sal y la fundación por parte de Hernán Vélez A. de la Escuela de Nutrición y Dietética.
Gerardo Cadavid G. iniciaba sus estudios sobre algo bien desconocido, el sistema vascular periférico y su manera de explorarlo, utilizaba unos equipos sustraídos del laboratorio de fisiología, en calidad de préstamo, de eso hace muchos años y todavía creo que no los ha reintegrado; encontraba cosas raras en sus pacientes de pies yertos con frialdad de muerte.
Ángela Restrepo M., iniciaba sus estudios sobre hongos, señores estos, de complicadísimos apellidos, trabalenguas científicos que son tan patógenos como son de difíciles sus nombres, sus cultivos en enormes cajas de Petri y en grandes tubos de ensayo impresionaban a los que visitaban su oficina; velludos y como vaporosos tenían esa belleza rara de las bienales de arte, a mí personalmente me atraía mas este último aspecto; sus estudios cambiaron por completo el concepto de las enfermedades pulmonares y su laboratorio fue, y sigue siendo pauta y ruta para la medicina científica.
La sección de dermatología con Gonzalo Calle, Alonso Cortes y Víctor Cárdenas instauraban un escuela de dermatología en Medellín, formaron la escuela de dermatología de Antioquia, que bonito nombre este de escuela y qué cantidad de discípulos se han regado por todo el país.
En Neurología se tenía a Federico López G. arrebatado prematuramente de entre nosotros, imbuido en su especialidad clínica y con unas ganas de vivir impresionante, soportó heroicamente su enfermedad y luchó hasta el último momento dándonos un ejemplo de valor humano que será difícil olvidar; el espíritu de Federico flaco y magro, todavía se pasea por los viejos pabellones de la Sala de Neurología del hospital de San Vicente.
Todo este rebullir académico llevado a cabo por jóvenes recién llegados de EEUU, en donde habían recibido un entrenamiento médico diferente al que se tenía antes con el modelo francés, se complementó con un profesorado de máximas cualidades científicas y éticas que habían construido un modelo diferente pero de altas cualidades humanísticas y científicas que dejaron huellas en los que fuimos sus discípulos.
David Velásquez con unos conocimientos verdaderamente enciclopédicos de diagnósticos cortantes y precisos; Eugenio Villa Hausler de frío pensamiento nórdico, vikingo ilustre, analítico y emprendedor; Francisco Restrepo Molina verdadero hijo de Hipócrates siempre de negro hasta los pies vestido; Elkin Rodríguez semiólogo profundo de agudeza mental impresionante; Pérez Cadavid exhaustivo hasta el cansancio y teatral en sus diagnósticos; Luis Carlos Uribe Botero antioqueño hasta en la manera de enseñar, enseñaba apostando a los diagnósticos.
Paralelamente con estos pioneros de la Medicina Interna, trabajaban en diferentes campos médicos individuos como Gustavo González Ochoa en Pediatría, Joaquín Aristizábal, Gustavo Gómez Arango, Gonzalo Botero Díaz en Cirugía, Alfredo Correa Henao en Patología , Miguel Gracián que en su cátedra de Higiene daba una sólida formación humanística a sus alumnos y nos enseñó que el concepto científico no se basa en el caso, sino, en la suma de casos analizados estadísticamente; Jesús Peláez Botero en bioquímica a quien se le escapo el haber descubierto la espiroqueta como causa del carate y muchos otros que ayudaron a proyectar la Facultad de Medicina de la Universidad de Antioquia a niveles internacionales; detrás de todos ellos, o mejor adelante, Ignacio Vélez Escobar empujando y organizándolo todo.
Hasta aquí parte del recuerdo consignado en 1982 en la conferencia Lombana Barreneche.
El ambiente académico e intelectual, las ganas de hacer, el convencimiento de que lo que se hacía era bueno, el empuje y el liderazgo de los jefes impregnaban el ambiente y por eso la visita de estos tres ilusos convenciendo a sus colegas para que escribieran sus experiencias y consignaran por escrito lo que sabían, logró que se ilusionaran; hoy no sabemos si fueron más osados los que proponían embarcarnos en una ilusión de escribir un texto de Medicina o los que aceptaron la idea de escribirlo, lo que si sabemos hoy, es que a los tres ilusos de un comienzo se unieron otros ilusos más, tuvieron ganas de hacer cosas y listo, pudieron las ganas y la ilusión.
Fueron llegando los manuscritos de los temas propuestos para el libro y los editores, en monacal recogimiento, todos los sábados y por casi tres años nos alejamos del mundanal ruido en fincas que nos cedían algunos colegas para dedicarnos a corregir y alinear los temas. Esto que se volvió rutina fue muy placentero, lo hacíamos con alegría y con esperanza, esperanza viene de espera y nosotros esperábamos publicar un texto médico; y como aprendimos medicina, recordamos temas que no habíamos trajinado en años, actualizamos conocimientos y adquirimos otros, fue una etapa realmente muy fructífera y muy placentera.
La edición de los tomos fue otra etapa de recuerdos placenteros, ninguna editorial estaba interesada en esta aventura de ilusos, no se le veía futuro económico rentable y fue rechazada la propuesta de edición por todas las editoriales que existían en Medellín, aun la editorial de la Universidad de Antioquia rechazó la propuesta, cosa que no nos extrañó, era apenas normal que se dudara de tres profesores universitarios con cuatro tomos escritos a máquina de unas 400 páginas cada uno, que sin ningún respaldo económico y sin ninguna experiencia comercial fueran capaces de editar un texto de esas características.
Un joven, Conrado Vallejo V., era dueño de una pequeña litográfica situada en Medellín en la carrera 55 No 48-92, Gráficas Vallejo se llamaba la pequeña empresa que funcionaba en un local de 40 metros cuadrados y que acababa de comprar una maquina “off set”; por razones de su trabajo se enteró de nuestras andanzas y nos convenció de que era capaz de editar los textos y ¡oh milagro!, fue capaz; en marzo de 1969 teníamos el primer tomo de Fundamentos de Medicina, editado en papel blanco con carátulas verdes.
El 5 de noviembre de 1971 apareció en el periódico El Colombiano un comentario con el título: “Importante obra sobre Medicina editaron profesores de la U.de A.” con una fotografía de los editores y los cuatro tomos del texto de Fundamentos de Medicina, fotografía que como anécdota fue reproducida al revés. Decía el comentario: “La Universidad de Antioquia informó sobre la aparición del cuarto y último volumen de la obra Fundamentos de Medicina editada por los doctores Hernán Vélez A, Jaime Borrero R. y Jorge Restrepo M. profesores de la Facultad de Medicina del Alma Mater. Los profesores mencionados tuvieron la idea de editar un libro de Medicina Interna que llenara las necesidades en el campo docente como texto realmente autónomo. La aparición de esta obra es realmente revolucionaria en Colombia máximo si se tiene en cuenta la extraordinaria aceptación que ha tenido por parte de estudiantes y profesores. Del primer tomo se editaron 5.000 ejemplares que se han vendido en su totalidad”.
El valor científico de la obra empieza a ser reconocido en el extranjero y de Venezuela, Ecuador, Perú y Nicaragua han llegado pedidos importantes.
Como si lo anterior fuera poco los editores en un rasgo poco usual de generosidad acordaron dedicar todo el producido de la obra al fomento de la investigación científica. Las regalías fueron cedidas a la Corporación de Investigaciones Biológicas CIB; es justo hacer mención a la magnífica labor de la editorial de Gráficas Vallejo que hizo posible la edición económica y bien presentada de la obra.
Hasta aquí el cometario periodístico.
Ángela, al terminar de escribir estos recuerdos siento una tranquilidad de espíritu realmente fascinante, como que no se perdió el tiempo y como que lo que se hizo, fuera de proporcionar una satisfacción extraordinaria, fue bueno. La mejor definición de bueno: lo que tiene que ser como debe ser.
Cumplo con lo que me pediste.
Hernán Vélez A.

Publicar un comentario